El teléfono está en silencio. En la casa no ocurre nada extraordinario y, por una vez, nadie reclama una respuesta inmediata. Podría ser el escenario perfecto para descansar. Sin embargo, para una mujer acostumbrada a mantenerse pendiente de todo, esa tranquilidad comenzó a convertirse en otra fuente de preocupación.
En vez de aprovechar esos minutos, su cabeza empieza a recorrer mentalmente tareas, conversaciones y posibles problemas. “Nada requiere mi atención ahora mismo y, aun así, siento que debería estar ocupándome de algo”, explicó sobre una sensación que empezó a identificar precisamente cuando todo parecía estar bajo control.
La mujer relató su experiencia en un artículo publicado en Bolde, donde describió cómo comenzó a comprender que la ansiedad que aparecía durante esos períodos no necesariamente estaba vinculada con algo concreto. “Cuando todo está tranquilo, mi mente empieza a buscar qué podría estar pasando por alto”, señaló.
La mujer relató su experiencia y describió cómo comenzó a comprender que la ansiedad que aparecía durante esos períodos no necesariamente estaba vinculada con algo concreto. Foto: IA
La contradicción se volvió cada vez más evidente. Durante las jornadas agitadas deseaba disponer de un rato sin interrupciones, pero cuando finalmente lo conseguía no podía entregarse por completo al descanso. “Pensaba que lo que necesitaba era silencio, pero cuando llegó no supe qué hacer con él”, reconoció.
Ese comportamiento también se manifestaba en pequeños impulsos: revisar nuevamente el teléfono, recordar pendientes ya resueltos o anticipar situaciones que todavía no habían ocurrido. “Es como si mi cabeza necesitara encontrar un problema incluso cuando no hay ninguno delante de mí”, explicó la protagonista.
Cuando la preocupación aparece incluso si no existe una urgencia
Con el tiempo, empezó a distinguir entre los problemas reales y aquellos escenarios que su mente construía simplemente para ocupar el vacío. “Me di cuenta de que muchas veces no estaba reaccionando a la realidad, sino a la posibilidad de que algo pudiera salir mal”, afirmó. Esa diferencia cambió su manera de interpretar los momentos de inquietud.
La mujer también comenzó a preguntarse cuánto de ese mecanismo estaba relacionado con haberse acostumbrado a vivir permanentemente alerta. Después de pasar buena parte del día respondiendo mensajes, resolviendo asuntos y anticipando necesidades, detenerse podía resultar más incómodo que continuar haciendo cosas. “Estar ocupada me daba una sensación de control que la calma no me daba”, sostuvo.
La tranquilidad puede llegarse a convertir en un tema de preocupación. Los cuidados que hay que tener. Foto: IA
El descubrimiento no hizo desaparecer automáticamente esos pensamientos. Sin embargo, reconocerlos permitió que dejara de interpretar cada preocupación como una señal de que realmente existía un problema. “No todo pensamiento necesita una respuesta y no toda preocupación significa que olvidé algo importante”, reflexionó.
También entendió que disfrutar del tiempo libre requería una adaptación. El silencio, que inicialmente parecía un espacio que debía llenar, podía convertirse simplemente en un momento sin obligaciones. “Estoy aprendiendo que no tengo que justificar la tranquilidad encontrando algo nuevo de qué preocuparme”, aseguró.
Su experiencia plantea así una paradoja reconocible en una vida atravesada por notificaciones, responsabilidades y estímulos constantes: desconectarse no siempre produce alivio inmediato. A veces, cuando finalmente desaparece el ruido exterior, queda expuesto el hábito interno de permanecer pendiente de lo próximo. Para ella, comprenderlo fue el primer paso para dejar de convertir cada pausa en una nueva tarea.
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