Antonio Ríos lleva décadas trabajando con familias, parejas y adolescentes, y buena parte de las consultas que recibe parten de una misma sensación: padres que dejan de reconocer al niño que tenían delante cuando este entra en la adolescencia.
En una entrevista concedida a La Voz de la Salud, el psicoterapeuta explicó que ese cambio no implica necesariamente que el vínculo se haya roto. Forma parte, según él, de un proceso en el que el adolescente empieza a afirmar su propia identidad y a comprobar hasta dónde llegan sus márgenes de autonomía.
Ríos lo denomina “afirmación del yo”. El adolescente siente que ya es mayor, quiere decidir por sí mismo y encuentra precisamente en sus padres a quienes más límites le imponen. Por eso, explica, hay momentos en los que los progenitores pueden llegar a interpretar determinadas respuestas como rechazo personal. El psicoterapeuta recuerda que muchos padres llegan incluso a preguntarse si sus hijos todavía los quieren.
Su respuesta es que el conflicto no debería confundirse automáticamente con falta de afecto. Educar durante esa etapa exige mantener dos componentes que resume en apenas tres palabras: “autoridad y amor”. Los límites siguen siendo necesarios, pero la manera de plantearlos debe evolucionar a medida que el hijo crece.
Qué significa el “ya voy” en un adolescente
Es en ese contexto donde aparece la frase del título. Ríos aconseja evitar, siempre que sea posible, ciertas órdenes lanzadas de forma frontal. Si un padre dice “recoge el lavavajillas”, por ejemplo, puede activar inmediatamente esa necesidad adolescente de reafirmar autonomía.
La respuesta entonces es el conocido “ya voy”, que el psicoterapeuta interpreta como una forma de retrasar deliberadamente la indicación y decidir por cuenta propia cuándo cumplirla.
Eso no significa que los padres deban dejar que el adolescente haga siempre lo que quiera. Ríos insiste en aprender a negociar. La negociación no equivale a renunciar a la autoridad, sino a decidir qué cuestiones admiten flexibilidad y cuáles siguen siendo responsabilidad de los adultos. A los 14, 15 o 16 años, recuerda, la libertad todavía convive con reglas familiares.
El psicoterapeuta familiar explica por qué muchas órdenes directas chocan de frente con los adolescentes. Foto: Adobe Stock.
El psicoterapeuta también pone mucho énfasis en la escucha. Los adolescentes, explica en la entrevista, no siempre se sientan delante de sus padres para anunciar que quieren mantener una conversación importante. A menudo empiezan a hablar mientras alguien cocina, durante un trayecto en coche o aparentemente sin mirar a su interlocutor. En esos instantes recomienda aprovechar la oportunidad: “hay que escucharle”.
La autonomía adquiere todavía más importancia cuando llegan a la mayoría de edad. Ríos critica situaciones en las que los padres continúan resolviendo problemas universitarios o controlando constantemente la ubicación de hijos adultos. Su principio es bastante sencillo: “Si se equivocan, que se equivoquen”. Aprender también implica sufrir las consecuencias de algunas decisiones.
Por eso, detrás del aparentemente banal “ya voy” hay para Ríos algo más profundo: un adolescente intentando comprobar cuánto puede decidir por sí mismo. El desafío para los padres no consiste en eliminar ese impulso, sino en acompañarlo sin abandonar los límites. Menos órdenes automáticas, más negociación cuando sea posible y, sobre todo, seguir estando presentes mientras el hijo aprende poco a poco a dirigir su propia vida.
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