Hace cinco semanas, mientras el mundo hablaba de la multitud que entraba nadando y saltando alambrados a la ciudad española de Ceuta, en Marruecos -y Europa renovaba la tensión política por los controles fronterizos-, un comité de urgencia sesionaba en la capital marroquí por una crisis ajena a la migratoria, que puede volverse guerra mundial. La del fútbol.
En la capital Rabat, 300 kilómetros al sur del Mediterráneo, el Consejo de Administración de la FIFA se reunía para mostrar su “apoyo total” al presidente Gianni Infantino (56), el abogado suizo-italiano que llegó a la cumbre tras Joseph Blatter y el fifagate, y ahora está en el centro de un tornado que, al contrario del que eyectó a su antecesor, impulsa ciclones de cambio de adentro hacia afuera.
El apoyo de Rabat fue de ejecutivos, no de las bases. Infantino se hizo apoyar por sus empleados, sin lugar para rebeldes.
Kevin Lamour, director operativo de la FIFA y tercero en la línea de mando, tuvo la osadía de disentir y fue despedido.
Es una paradoja interesante: tras el Mundial económicamente más exitoso de la historia, Infantino encuentra resistencias en las federaciones que, encabezadas por Europa, le han “perdido la confianza” después de que el presidente de la FIFA intentara colar un proyecto para privatizar los Mundiales fuera de la vista de las federaciones, que se sintieron apuñaladas por la espalda.
La traición de la ambición.
El negocio estaba direccionado hacia Joshua Kushner, un millonario de la élite de Manhattan, hermano de uno de los yernos de Donald Trump e hijo del embajador estadounidense en París.
¿Y qué ganaba Infantino?
Según un informe de The Times, habría sido el conductor de la FIFA Forward -la empresa beneficiaria- con un salario de 60 millones de dólares al año, diez veces más que lo que gana ahora. Al menos, en los papeles.
A las furibundas críticas de Europa se sumaron Asia y Norteamérica, aunque esos bloques no son monolíticos.
Si el Norte del mundo cuestiona a Infantino y el Sur lo apoya -Sudamérica, Africa y Oceanía-, las grietas aparecen cada día aquí y allá.
Eso convierte al tablero del fútbol mundial en un TEG dinámico y progresivo que va moviendo piezas para el tablero del 18 de noviembre, cuando queden oficializados los candidatos a dirigir la FIFA.
Por ahora Infantino corre solo -este domingo ratificó su decisión de seguir-, pero nadie cree que esos cientos de votos de las federaciones enfurecidas vayan a terminar en el vacío.
Está en danza el nombre de Aleksander Ceferin, presidente de la UEFA, pero él se bajó y apoyaría a un tercer candidato -¿Montagliani, de la Concacaf?- para buscar el voto bronca.
Se viene una temporada rica en alianzas y traiciones.
Las federaciones que le quitan su apoyo a Infantino se suman una a una, en efecto dominó. Este lunes se agregó Bélgica.
África es el continente donde cosecha más apoyos. Allí tiene 54 votos, apenas uno menos que los que aporta Europa.
Ese bloque lo encabeza Marruecos, que aspira a arrebatarle a España la sede de la final del Mundial 2030 que compartirán también con Portugal, aunque además habrá partidos inaugurales en Argentina, Uruguay y Paraguay.
Si un barón del conurbano reparte cocinas, Infantino reparte sedes.
Esa estrategia de poder sugiere que los mundiales en un solo país serían historia, salvo un anfitrión riquísimo que garantice ganancias extraordinarias por sí mismo, pase lo que pase, como Arabia Saudita en 2034.
En Sudamérica -que aunque tiene tres campeones mundiales aporta menos votos que Oceanía-, el apoyo más explícito a Infantino salió de la AFA, que en una carta oficial lo llama Querido Presidente.
Con una situación interna en bandera roja -Tapia y Toviggino están procesados por evasión de impuestos-, ahora sesionan adentro de una carpa de un baldío en Pilar para evitar controles nacionales.
Juegos de espejos en el poder del fútbol, aunque en distinta escala.
Una puesta en escena como la de Infantino en Rabat, pero en el conurbano bonaerense.
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