Corina Kavanagh quería construir un edificio. Una leyenda dice que también tenía intenciones de tapar una iglesia. Entre una cosa y otra, nació hace 9 décadas una de las torres más famosas de la Ciudad de Buenos Aires: el edificio Kavanagh, ubicado frente a la Plaza San Martín, en Retiro.
Se trata de una estructura de hormigón, sobria y lujosa, que irrumpió 90 años atrás entre caserones y palacios de una Ciudad que recién empezaba a mirar hacia arriba.
Con su juego de encastres geométricos (y a pesar de eso discreta), todavía mantiene cierto aura de desafío.
Kavanagh. Fernando de la Orden, archivo.
Es que en 1936, cuando la inauguraron, el arquitecto Alejandro Virasoro, pionero del Art Decó acá, ya había declamado: “Si un hombre rico quiere un lujoso vehículo, comprará no una carroza de las del tiempo de Luis XIV, si no un automóvil (…) Pero el mismo hombre, si quiere construirse una mansión, va a concertar con su arquitecto un palacio versallesco (...) y en ningún momento se le ocurrirá pensar si esto no es tan ridículo como viajar en carroza”.
Así de picantes estaban las cosas pocos años antes de la Gran Crisis de 1929, cuando en medio del jaque al liberalismo, cambiaron hasta las formas.
Chau rasgos señoriales. Se impusieron estructuras monumentales de aspecto austero. Eran, en parte, ecos del Empire State, de Nueva York, al mismo tiempo que de la vanguardia del pope del racionalismo, Le Corbusier, según indican expertos.
Edificio Kavanagh. Inaugurado en 1936. Arhivo
El Kavanagh nació con jardines entre los pisos y fue el primero en tener "aire acondicionado", entre otras comodidades de avanzada.
El proyecto fue encargado al estudio de Gregorio Sanchez, Ernesto Lagos y Luis María de la Torre. Los trabajos comenzaron en abril de 1934 y terminaron en enero de 1936, muy rápido para la época. Con 120 metros, era el más alto de Latinoamérica.
Fortuna y negocio
¿El mito? Se centra en una revancha de Corina. Cuenta que Mercedes Castellanos de Anchorena le prohibió un romance con un hijo y entonces ella le plantó la torre para tapar la actual Basílica del Santísimo Sacramento que su familia había mandado a edificar.
No coinciden las fechas. Y lo que dicen los documentos es otra cosa: Corina heredó una fortuna y decidió invertir en un edificio de alquiler top, en un momento en que Buenos Aires dejaba atrás su etapa de “gran aldea” y se convertía en “reina moderna”.
El Kavanagh combina Art Decó y otras influencias con soluciones de arquitetcura de avanzada. Su forma escalonada, que hace pensar en el cubismo sin esfuerzo, no fue sólo una cuestión estética: facilitó construir en un terreno triangular e incorporar jardines en una edificación vertical.
Como sea, cuando nació, el Kavanagh fue una demostración de confianza, después de una hecatombe.
Espejito, espejito...
Hoy, a los 90 años, el mayor mérito del Kavanagh no es haber sido el más alto, ni haber sido construido en “tiempo récord”, ni haber sacudido con novedades que ya son clásicos. Tampoco, haber sido declarado Patrimonio Mundial de la Arquitectura de la Modernidad por la Unesco.
Lo más interesante es cómo ese emprendimiento privado se instala en la memoria colectiva. Y, sobre todo, cómo la Ciudad se reconoce aún en esa torre singular, encantada.
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